Blanco. Negro.

Y en medio, toda una amplia gama de grises perfectamente catalogados según el porcentaje del uno u otro que los componen hasta dar con el gris neutro, el gris 18%, el término medio. Dónde se supone se halla la virtud, la perfección. En el punto medio, quiero decir, no en el gris.

La derecha, la izquierda. Lo malo, lo bueno. Arriba, abajo. Lo que es correcto, lo que no. La verdad, la mentira. Blancos y negros.

Conceptos. Nombres.

Sustantivos comunes o adjetivos a los que hemos dotado de un poder superior, calificativo y juicioso que portamos envainados a nuestras espaldas, como si de espadas de Damocles se trataran cuando en origen, lo único para lo que fueron creados dichos nombres fue para proporcionarle al universo cierto orden, forma y sentido.

Son sólo palabras, de acuerdo, pero palabras que consiguen centrarnos en el lugar preciso en el momento exacto, que nos sitúan en el mundo y le dan sentido a nuestras vidas. Palabras que nos alejan de ese tan temido, confuso y desconocido caos del que, por naturaleza y contra ella, luchamos día a día.

Y es que cómo pequeños humanos viviendo sus pequeñas vidas en la vorágine que supone el Universo, vistos desde de la distancia que el asunto merece, no podríamos clasificarnos más que como elementos caóticos que rechazan su propia esencia, buscadores constantes de ese “algo más” por vías rectilíneas, que si no son imposibles, sí resultan extrañas desde una perspectiva puramente matemática.

[Continúa leyendo en Revista Argonautas]

La paradoja del Caos
Publicado el 1 de Septiembre de 2014 en ARGONAUTAS N#02
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