Ha pasado algún tiempo desde la última entrada, más del que me hubiera gustado, he de reconocer. Pero es que voy algo justa de eso, de tiempo precisamente. Y es curioso, porque si hay algo que trato de cuidar e incluso respetar en esta vida, es el tiempo.

Podéis llamarme rara si queréis — “¡Rara!”, se escucha al fondo de la sala—, pero valoro más el tiempo que el dinero. De la misma forma que valoro más tener voz, voto y un medio mediante el que poder expresarme, que unos pulmones potentes o unas cuerdas vocales firmes y afinadas que sean capaces de clamar al cielo.

Pero por desgracia, el resto del mundo no opina igual, o al menos, no actúa en consecuencia. Si tuviéramos que esbozar en este preciso instante la escala de valores que representara a nuestra querida sociedad, yo diría que serían el sexo y el dinero quienes se batirían el cobre a dentelladas por la primera posición, dejando postergados al trabajo y la salud a un segundo y tercer puesto. Familia y amigos encajarían en tierra de nadie, en el cuarto puesto y el tiempo, —libre u ocupado, tiempo como concepto—, quedaría relegado a un último y quinto puesto. De otros tipos de valores como el amor, la felicidad, la libertad o los valores humanos, por descontado, ni hablemos. ¿No os parece algo triste?

Imagen Pixabay
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Aunque, bien pensado, en ocasiones nadar a contracorriente, más que algo contraproducente, puede resultar una bendición. ¿Os imagináis que el tiempo se convirtiera en moneda de cambio contante y sonante?

—Buenos días, ¿qué desea?

—Buenas, un café con leche y una tostada con aceite, gracias. ¿Cuánto es?

—Déjeme ver… Sí, son 4 minutos 43 segundos.

—Aquí tiene.

—Perfecto, su cambio; 17 segundos. ¡Que tenga un buen día!

A mí, personalmente, me arruinarían la vida. Y es que mientras la mayoría de personas desperdicia el tiempo, lo echan a patadas de su lado o lo desprecian por un puñado de euros, yo lo protejo, lo conservo y acumulo. Lo aprovecho todo lo que puedo y cuando no lo consigo, porque soy humana y también vagueo de vez en cuando —ojo, no confundir vaguear con el arte de procrastinar, me doy de cabezazos contra la pared. Para mí el tiempo tiene un valor infinito, probablemente por lo complicado que resulta sobre todo en estos días, sacar algo de tiempo para dedicarlo a lo que realmente uno quiere y con la facilidad pasmosa que se esfuma.

Por supuesto, tampoco quiero decir con todo esto que nos lancemos de cabeza a vivir la vida loca, a no trabajar y a ver cómo pasan las horas. No saquemos los pies del tiesto, que una cosa es una cosa y dos son dos.

Lo que trato de decir es…

Que los sueños más bonitos, los que nos atrapan y roban el aliento, esos sueños que nunca terminan de cumplirse del todo, sueños del tipo «Quiero ser…», «Quiero dedicarme a…» o «Quiero ser el mejor en…», son los que más esfuerzo conllevan. Son nuestros sueños, ¡nuestros y de nadie más! Por el amor de un padre, no los tomemos a la ligera. Pues éstos, una vez hayan anclado en nuestro pecho y tomado forma, se convertirán en el motor de nuestros días y, entonces, lo único que habrá entre nosotros y la consecución de nuestro objetivo, será el tiempo que necesitemos para dedicarnos en cuerpo y alma a recorrer el camino que nos separe de las metas que nosotros mismos nos vayamos poniendo.

Los sueños cuestan esfuerzo, los sueños cuestan tiempo. Y lo valen. Así que, por ahora, es en esa bolsa en la única que estoy dispuesta a invertir mi bien más valioso.

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