Como algunos ya sabréis, desde abril de este mismo año y junto a Santiago Sánchez, Juan I. González Fejér y con la inestimable colaboración de un grupo de grandes profesionales y mejores personas, dirijo una preciosa aventura literaria llamada Revista Argonautas.

Revista Argonautas fue planteada como plataforma de difusión para nuevos talentos, escritores e ilustradores, y actualmente ya cuenta a sus espaldas con dos números (el tercero en marcha), cuatro meses de trabajo, más de 14.000 lecturas, 430 likes en facebook, 339 en twitter y con muchísimas caras amigas y personas maravillosas conocidas por el camino.

Argonautas AGOSTO N#02
Argonautas AGOSTO N#02

Sí, soy una mamá orgullosa. Y no es para menos, pues a día de hoy, la revista, así como todo lo que genera y todo lo que la rodea, no deja de sorprenderme.

Justamente esta semana, y prácticamente hasta finales de agosto, parte del equipo y yo nos encontramos inmersos en la fase de lectura. Estos días los dedicamos a leer a conciencia los relatos, micros y poemas que los escritores nos mandan para poder valorar su calidad literaria y estilo, su ortografía y gramática, etc. O si se ajustan a la temática propuesta para la ocasión o no; recuerdos en este caso. 

Tras unos 35 textos leídos en el último par de días —aún me queda material por leer—, he llegado a un par de conclusiones:

  • Parece que pensáramos que, realmente, cualquier tiempo pasado fue mejor. (Karina y su baúl de los recuerdos hicieron mucho daño, lo sé. Pero aún así, y pese a las consecuencias que esto pudiera acarrearme, recomiendo la escucha del tema, que aunque se contradiga en un par de versos, es bastante positivo y un poco de flower-power nunca viene mal.)
  • Da la impresión de que albergarmos pocos recuerdos alegres en nuestra memoria, y de que encima de ser escasos nos son poco útiles, pues al sustraerlos del fondo del mar que es nuestra cabeza y rememorarlos, nos producen automática tristeza.
  • Por ende; recordar, por norma general, nos entristece.

Así que yo me pregunto; ¿por qué? ¿Por qué de entre tantos, tan sólo tres o cuatro textos fueron capaces de evocar situaciones más o menos alegres? ¿Por qué la palabra «recuerdos» hace que salten esos resortes que en nuestras cabezas sobrexcitan a las partículas más melancólicas de nuestro ser? ¿No deberían hacernos sonreír los recuerdos alegres? “¡Ten un pensamiento alegre y volarás!” Le decía Peter a Wendy y al resto de niños perdidos, ¿no consiste en eso?

Peter_Pan_1915_cover_2Ya sé, ya sé, demasiadas preguntas. También sé que la literatura se nutre muy a menudo de esto —quizá demasiado—, de círculos viciosos y pozos infinitos de melancolía, tristeza o autoconmiseración. Al fin y al cabo, yo también escribo y también lo hago cuando me siento mal, cuando siento morriña o ganas de asesinar gente. Somos humanos y es lo que hay. Pero al final, probablemente la cuestión se reduzca más bien a la procedencia de esa tristeza/melancolía y no a su causa. Y es que puede que los recuerdos nos produzcan tristeza porque, simplemente, no tengamos nada bueno que recordar, pero puede también que sí lo tengamos y el presente no nos parezca suficiente. A esto lo he bautizado como El mal del baúl o El terror de Karina, un mal muy común en nuestros tiempos y más grave si cabe que el primero. En el caso de tratarse únicamente de un estilo o preferencia literaria, bienvenido sea. Pero igualmente, yo recomendaría recordar y melancolizar con precaución, pues si somos lo que comemos, también somos lo que escribimos. ¿No creéis?

Anuncios