Normalmente –es decir, durante los primeros y últimos minutos de la carrera y de forma más o menos constante–, pienso por inercia en quién demonios me habrá mandado a mí ponerme a correr. Pienso en ese ente imaginario pero endiablado que un día me susurró al oído; “Vamos, sal a hacer un poco de ejercicio. Dicen por ahí que es lo más, ¡verás que bien!” Pienso en él y le odio. Fuerte.

big_fe46753be6b04c74bd602eda628b4dae

Me duele la puñetera rodilla izquierda. Se carga caprichosa a cada momento fruto de alguna lesión pasada, y entonces es inevitable reparar en todos y cada uno de los otros puntos doloridos del cuerpo que, aliados en un profundo acto de rebeldía, se niegan a comportarse cómo es debido.

¡Déspota!”, me grita el muslo izquierdo al aterrizar el pie en el suelo tras cada zancada. Yo le escucho, a él y al resto de la musculatura que avanza a manchas forzadas, no vayáis a creer. Pero en fin, debo mantenerme firme. No puedo dejar que me afecte la opinión que un montón de músculos, fibras y tendones tengan de mí.

Tampoco vayáis a pensar que todo es terrible, qué va.

Correr, en realidad, es genial. En serio. Porque existe algún punto en el que, contra todo pronóstico , consigo dejar de de prestarles atención, comienzo a pensar en cosas más intangibles. Una vez consigues evadirte del dolor físico de unas agujetas –la venganza del muslo izquierdo– que probablemente te acosarán mañana, o ignoras la fastuosa e ingente cantidad de agua que beberías ahora mismo, la cosa mejora sustancialmente

Particularmente, yo, llegados a ese punto casi místico, pienso en él.

No, en ti no. Tampoco en mí.

En ese momento pienso en el señor Mizayaki. Un señor que obviamente no se llamará así, pero al que, en un alarde de creatividad y elocuencia, y empujada por los rasgos asiáticos que le caracterizan, rebauticé con este ingenioso nombre.

Hace tres o cuatro días que me cruzo con él por el parque mientras corro. Es de tez morena, piel curtida y constitución atlética. Rondará los sesenta y cinco o setenta años y todo su pelo es blanco, sin una sola cana grisácea que ensucie el cuadro, incluido el bigote tipo thomson que corona su labio superior. El señor Mizayaki viste siempre pantalones de chandal anchos y pasados de moda, de algún color indescriptible y desvaído, a juego con alguna camiseta sin mangas, sin marca, ni gracia alguna.

El señor Mizayaki también corre. Y a decir verdad, lo hace con mucha más energía y entusiasmo que yo. Lo hace más rápido.

Pese a triplicarme la edad, o demostrar una absoluta falta de gusto a la hora de elegir prendas de vestir, el señor Mizayaki corre no como si le fuera la vida en ello, sino todo lo contrario. Corre como si en algún momento de sus carreras, o de su vida, hubiera descubierto la revelación absoluta de que no se camina o corre para alcanzar ninguna meta, sino de que más bien, correr, permanecer en ese, su camino, es el destino mismo. Así corre el señor Mizayaki. Eso transmite cuando te adelanta y su rebufo te golpea el costado, o cuando se cruza contigo y te saluda brevemente con una sonrisa para después continuar concentrado mirando al frente.

Me da envidia.

Pienso si, tal vez, quizá también yo, como tantos otros corredores, comencé a correr buscando algún tipo de epifanía parecida a la que acabo de imaginar que en su día tuvo el señor Mizayaki, en la carretera, entre los árboles o empapada en el sudor que resbala ahora por mi torso.

Pero, si es así… ¿por qué no llega?

Anuncios