Bueno, fuiste tú quien dijo que había que luchar. Que la música era un buen sitio por el que comenzar y quizá, el lugar idóneo en el que plantar la tienda y quedarse.

¿Recuerdas? Fuiste tú quien me regaló a mí ese Guitar Hero. Se te daba fatal y nunca querías jugar conmigo porque siempre te ganaba. Pero a escondidas, encendías la consola y practicabas cuando creías que yo no estaba.

Lo hiciste hasta batir todos los récords, y lo más importante, no paraste hasta quedar siempre el primero.

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No sé por qué eres como eres, qué o quién te hizo así, pero por suerte, así eres.

Tan especial, tan auténtico, que probablemente nadie llegue a comprenderte bien en tus silencios, en los ecos de esas medias sonrisas. Tan único en tu especie, que por desgracia, puede que nadie llegue a entender con qué facilidad se obtiene la clave que da acceso a tus dominios, llenos de blancas, negras y corcheas. Tan vastos y reducidos a la vez, que apenas dejan espacio al otro para respirar.

Quién sabe.

Nunca me fui y aquí sigo, de eso eres consciente, ¿verdad? Pero nada dura para siempre, y nosotros no seremos la excepción. Siempre estaré, de algún modo, contigo, pero lo que supongo que quiero decir, es que nunca estaremos tan cerca el uno del otro como lo estamos ahora.

Puede que dentro de un tiempo ya no volvamos a darnos un beso cada noche, ni a compartir bostezos cada mañana. Seguramente, tampoco nos peleemos por a quién le toca pasear a la perra o a quién limpiar el cajón de arena del gato. Ya no hablaremos durante horas mirando al techo los días que había poco que hacer, ni saldremos juntos a comprar y terminaremos perdiéndonos por la ciudad, muertos de cansancio, habiendo caminado el triple de lo que pensábamos.

Quizá, dentro de unos años, ni si quiera nos insultemos ya. ¿Me imaginas llamándote siempre por tu nombre? Sí, a mi también me da la risa.

No sé. Pase lo que pase, no te rindas. 

Ya sabes, te quiero.

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