Hoy no es un buen día.

Tirada en la cama enciendes un cigarrillo y con desgana, enfocas al blanco vacío del techo. Piensas que, de hecho, hoy es un día de mierda.

Solamente en África, 18.000 personas morirán de hambre.

En Bogotá, la capital del país más feliz del mundo, al final del día habrán caído como frías losas más de 48 colombianos fulminados por una bala o atravesados por un puñal. En la franja de Gaza, miles de hombres, niños y mujeres serán heridos. Muchos de ellos, de muerte.

Hoy, como cada día, alguien será asesinado en Bengasi o Derna, Libia.

Al caer la noche, 138 personas habrán muerto en Siria, 1600 habrán sido gravemente heridas y millares, se habrán visto obligadas a desplazarse lejos de sus hogares y sueños a causa de un conflicto armado con el que, desde hace ya tiempo, poco tienen que ver.

En el espacio de tiempo que dura un capítulo de Los Soprano, Breaking Bad o The Wire, el ébola habrá hecho sucumbir en Sierra Leona a aproximadamente 125 personas.

Hoy, en total, morirán unas 154.000 personas al rededor del mundo. Un gran porcentaje de esa cifra lo engrasarán ciudadanos de África, América Latina y Asia. El sida, la malaria, la tuberculosis, la rubéola, las enfermedades respiratorias, la violencia callejera y los conflictos armados, se encargarán de que así sea.

Hoy es un día de mierda.

Pero nada de esto no es lo que a ti te preocupa.

Tirada en la cama enciendes un cigarrillo y con desidia, miras su foto, colgada en la pared. Apartas la vista y aspiras el humo con el poco entusiasmo que te ves capaz de reunir. Toses. “Al final, con la tontería, vas a tener algo serio.” Recuerdas su voz, juiciosa. Recuerdas sus quejas constantes sobre el temita de marras. “¿Has estado fumando? Por dios, no entiendo por qué mientes. Hueles a tabaco de aquí a Lima.” Resoplas. Por un momento te planteas la posibilidad de tener algo serio. Enfisema pulmonar, cáncer de labio o algo así. Imaginas la visita al médico, las pruebas diagnósticas, las palabras finales del oncólogo tendiéndote los resultados y cómo recibirías la noticia sin su mano para sostener la tuya. En ese caso, piensas, tendrías que dejar de fumar. Lo piensas y te ríes por primera vez en lo que llevas de día.

Te incorporas y descuelgas la fotografía de la pared para mirarla de cerca. “Menudo gilipollas.” Le miras furibunda, le sostienes la mirada a ese par de ojos azules e intrigantes todo lo que puedes y respiras hondo. Te preguntas qué mirarán a partir de ahora si no es a ti.

Apagas el cigarro contra el cristal del marco y te echas a llorar, porque la vida es una mierda. Porque te ha dejado ahora, justo ahora que te habían ascendido y a él le habían concedido esa estúpida beca de investigación y estaban ofertando esos viajes a Nevada tan cojonudos, ¿verdad? Joder, lloras porque todo es tan, tan injusto que lo único que te apetece es salir y emborracharte. Gastarte el dinero del aumento en una buena cogorza a base del mejor vodka que puedas encontrar. Sí, eso es. Que se joda.

Te levantas, te secas las lágrimas y llamas a una amiga mientras retiras la cortina y miras por la ventana. “Quizá llueva”, le comentas a tu amiga en tono lastimero. “Vaya, qué putada.” Igual no es tan buena idea salir, pero tú quieres, necesitas salir. Joder.

Hoy, mientras tú bailes y bebas y fumes, derroches y, con algo de suerte, folles, 154.000 personas estarán muriendo por causas ajenas a su voluntad. A la mayoría de ellas, no les dará tiempo a llorar ni, tal vez, tampoco a pensar que la vida es una puta basura.

Porque sí, hoy, independientemente de dónde estés y qué hagas, de que llueva o no llueva, será un día de mierda.

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