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Ya no queda nada por decir salvo, tal vez, adiós.

Creo que si tuviera que hacer una lista de las cosas que no hice cuando debería o de las cosas que nunca debí haber siquiera mencionado, supongo que no habría suficiente papel en esta mierda de piso que por lo menos hasta mañana, compartimos.

Pero aun así seguiría preguntándome si, a pesar de todo, no habríamos llegado exactamente a la misma situación, a esta en la que los cajones están a medio vaciar, tus maletas esperan en la puerta y una factura de la luz espera muerta del asco en la mesa de la cocina.

Aunque por supuesto, tú, seguirías respondiéndome lo mismo.

Me dices que estás harta de Madrid, que de tanta calle, luces y ruido, os habéis consumido la una a la otra. Que ya no tenéis nada en común. Que nada te ata ya a sus bares, a sus poesías de asfalto y mucho menos, a sus metros de miradas furtivas.

Pero de nuevo, yo me pregunto –te pregunto–; ¿dónde quedo yo en todo esto? Si esto es así, ¿qué lugar me queda a mí para habitar entre ella y tú? Porque tú, si tú, fuiste la que nos arrastró hasta esta ciudad que ahora te agota. Y lo sabes. Y empiezo a reprocharte. Y no me gusta. Ni siquiera yo estoy convencido de lo que digo según lo digo.

Pero, sinceramente, ¿qué más puedo hacer? ¿A qué otra cosa puedo recurrir si no es al ceño fruncido y al pataleo infantil?

Porque, joder, sé que todas y cada una de tus sonrisas fueron sinceras y que cada beso que me diste lo sentiste tanto como yo lo sentiré mañana cuando te hayas marchado. Porque comprendo, en el fondo, tus razones para buscar un nuevo hogar sin mí, porque recuerdo cómo se fueron apagando tus ojos a medida que se fueron extinguiendo las oportunidades y cerrando puertas. Y también, porque soy consciente de que cada calle y rincón que descubrimos, seguirán estando allí a pesar de que su descubridora ya no esté para compartirlos conmigo.

Pero dime, antes de que nos hagamos más daño, si te costaría tanto regalarme una última sonrisa. Pero no una de las tuyas, sinceras, no. Más bien una de esas que mienten y dicen que todo está bien, que ya nos veremos. Una sonrisa de “te quiero y siempre te querré” y quizá, si no es mucho pedir, un último beso. Uno de esos que también mienten y juran “nunca te olvidaré”.

Y así, podremos terminar de vaciar los malditos cajones, y los armarios, y dejarlo estar de una vez. Así, podremos dejar el adiós para mañana, para cuando tu salgas por la puerta maletas en mano, camino del aeropuerto y yo con el recibo de la luz, rumbo al banco.

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