Tanto si enciendes la tele tranquilamente en el sofá de tu casa, coges el móvil o navegas por internet, como si sales a pasear por la ciudad –cualquier ciudad–, te darás cuenta en seguida de que vivimos rodeados de cientos de elementos a los que les hemos conferido una serie de poderes con los que no nacieron. Estos son sólo alguno de ellos:

1. El Gin Tonic

Gin tonic con pepino, gin tonic con manzana, lima y toques de azahar, gin tonic de cítricos y cerezas, de gengibre, de chocolate, de guindilla, gin tonic del mar, gin tonic de musgo y gin tonic de tierra si se nos antoja. Pero amigos, no nos engañemos, no se trata más que de una bebida a base de ginebra y tónica con ínfulas de remedio milagroso para lo ordinario.

2. El brunch

Lo que viene a ser, de toda la vida, desayunar entre las once y las doce y media largas, vaya. Pero ahora nos ha entrado un no sé qué de modernidad que no nos cabe en el cuerpo que tampoco tendría que ser malo del todo de por sí, pero ocurre que Ellos, que están a todo, nos conocen casi mejor que nosotros mismos; conocen nuestros deseos, temores y nuestras debilidades. Saben por dónde atacar. (Y con ellos me refiero a las tiendas, los bares, los community mannagers.) Y como saben por dónde, pues atacan. Y nosotros nos dejamos, porque… No sé por qué. Así que ya no desayunamos tarde. Ahora vamos de brunch, que es lo mismo, pero en vez de costarnos cinco euritos, nos sale a quince la gracia.

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3. La auto edición

Parecen editoriales, algunas lo son, pero la mayoría no son más que imprentas que ofrecen sus servicios de impresión, diseño y maquetación a precio de oro. De la distribución, por supuesto, te encargas tú. A cada cosa, su nombre.

4. Vine/Viners

Supongo que en algún momento tuvo gracia, pero eso es todo, porque oh, ¡cuánto daño han hecho las cámaras frontales de los teléfonos móviles! Éstas han convertido a tiernos adolescentes en niños que se creen famosos, a decentes hombres y mujeres de mediana edad, en señoras y señores sin sentido del ridículo que se sienten famosos… Sí, verdaderamente lo sienten. ¡Y viven como tal! Sí, como si les llovieran flashes por la calle, como si formaran parte de una élite –ellos sabrán cual–, algo así como una especie de club social privado, muy vip, que en realidad, no se nutre más que de ellos mismos: viners, sin más, dedicados en cuerpo y alma a grabarse gritando, golpeándose, contando chistes malos con pelucas o sin ellas, etc. Ding, dong. ¿Hay alguien en casa? Soy yo, el sentido común, ¿te acuerdas de mí?.

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5. Youtubers

Aunque tienen algo de ventaja por antigüedad, se les podría aplicar más o menos lo mismo que a los viners. En su momento tuvo gracia; el auge de los youtubers fue original e incluso entretenido, en ocasiones educativo y en según que casos, a día de hoy, lo sigue siendo. Pero en su mayoría son viners con el ego crecido. Y aburren. Aburren mucho. Las web cams han hecho tanto daño…

6. Penélope Cruz

Bien, Penélope no es una cosa, es una persona. Correcto. Pero sobrevalorada igualmente. Actriz arquetípica y estereotipada donde las haya, ensalzada a golpe de taconeos, palmadas y “¡olés!”, la de Alcobendas se ha construido una filmografía nada desdeñable a base de actuaciones mediocres y ese canon de belleza que fuera de España, tanto gusta, el de la española que cuando besa, es que besa de verdad.

7. Lars von Trier

De nuevo, como Penélope, tampoco es cosa sino persona, pero igualmente, sobrevalorado y aún más si cabe. Ay, qué decir de mi odiado Lars… Cuántos cabreos gratuitos me ha proporcionado, cuántas discusiones cerveza en mano, cuántas… En serio, ¿nadie en sus años mozos supo ser su amigo/padre/novia/hermano? Parece que no. Si hubieran sido buena gente, no hubieran dudado en coger al pequeño von Trier justo en el momento en que estuviera a punto de empalmarse con la idea de que el sonido de la avispa que zumba en el jardín de su casa puede ser la conductora perfecta del que será el plano secuencia rey –uno de 10’– de su próximo corto y decirle: “Hey, skat/A ver, cachorro, como te diría… ¿no has barajado la posibilidad de dedicarte a otra cosa? Quiero decir, que en la lonja siempre hay curro, ¿me comprendes?.”

Es un incomprendido, el pobre.

A día de hoy, sus películas ni gustan ni dejan de gustar, pero recaudan y se premian, se premian mucho. La crítica, por su parte, se corre con las cintas del danés a base de perogrullo, metáforas, analogías y paranoias varias mientras él se descojona vivo en su casa pensando en las tonterías que dicen, o lo que sea que hagan los directores locos y millonarios en sus casas. ¿Por qué? Porque sus películas, básicamente, no se entienden. Perdón, esto no es del todo cierto. Sí, sus películas las entiende y soporta –sin dormirse, quiero decir–, únicamente un reducido núcleo de población compuesto únicamente por él, porque el señor Von Trier hace cine, consume préstamos y financiación, para deleite de su ser, onanista y auto indulgente.

8. Saber conducir

Si después de haberte pasado un par de meses en la autoescuela y gastado unos cientos en sacarte el carnet de conducir, aún te sobra paciencia para visitar concesionarios y fondos para asumir la entrada del coche, la matriculación, el seguro obligatorio y liquidez para el diésel/la gasolina, pasar las ITV, etc., pues por qué no. Conducir puede molar. Pero lo que mola de verdad, de verdad de la buena, es tener un amigo con coche, eso sí que es lo más. Y que te lleve hasta el ifn del mundo, que para eso están los amigos; él o ella pone las cuatro ruedas, y tú la música y la conversación –de temas elevados, claro, que no decaiga–, que eso sí que no tiene precio.

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9. Los productos de Pantone

Son un timo por las siguientes razones:

  1. No existen en toda la gama pantone. No existen.
  2. Tienen unos precios desorbitados del tipo “Carcasa Atlantic Deep para iPhone 19,99€” o “Libreta A5 Maíz 15,95€”.
  3. La calidad ni siquiera roza a la de, por ejemplo, Moleskine, de precios similares.

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10. Los números pares

¿No estáis hartos de titulares tipo 10 cosas que… 20 consejos que… 100 imágenes que…? Al margen del contenido que puedan prometer dichos títulos, la redondez o cuadratura de los números pares, tan cerrados y determinantes, a veces resulta casi insultante.

11. Los bolsos de mano

Sólo para chicas este punto. En principio, al menos. Si habéis estado en alguna boda o evento social en el que se exigiera una mínima etiqueta –Noche Vieja no cuenta, la etiqueta nos la imponemos nosotras por gusto–, habréis sufrido el insidioso ritual de buscar un clutch o bolso de similares características, e intentar encajar en él todo lo que lleváis en vuestra mochila o bolso normal para, después de una hora sudando sangre, terminar clamando al cielo que es imposible y tirar en él una llave, el dni y monedas sueltas. Como si salierais a correr, vamos. En fin, inútiles e incómodos.

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12. El curling

A medio camino entre los bolos y la petanca, pero en el hielo. Y no lo olvidemos, llevan escobas. Te quiero decir, que barren. Y es olímpico. Y bueno, nadie lo entiende. Por mucho que muchos hayan ensalzado que tiene “algo”, a mí que me expliquen qué es ese “algo”.

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13. Ikea

Un guilty pleasure como tantos otros en esta vida, Jaime Rubio explica y simplifica a las mil maravillas la experiencia Ikea en Mi primera vez en Ikea.

Y a vosotros, ¿qué os parece que está claramente sobrevalorado?

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