“Difícil eres tú”, me dices empapado por una fina capa de lluvia que lo determina todo y que refleja en cada gota que resbala por tu frente las luces que empiezan a despertar Madrid.

Y tienes razón. Probablemente. Difícil soy yo.

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Difícil era no mojarse. Difícil era no pensar en la posibilidad de que algo muy, muy pequeño pero también muy brillante, se estuviera resquebrajando en lo más remoto de algún paraje lejano pero no por ello desconocido, no del todo. Difícil era no escuchar el sonido mecánico de los coches o los gritos aglutinados de la multitud que nos rodeaba como lobos hambrientos en mitad de la noche acorralando a su presa.

Era fácil, en cambio, obviar la música que retumbaba, quizá algo sorda, allá al fondo a la izquierda, desde el mismo lugar en que se encuentran todos los cuartos de baño de todos los bares y locales de copa con regusto alcantarillado. También era fácil rumiar palabras que ya fueron dichas y rescatar voces redichas, porque ya se sabe que hasta las cosas más ajadas y manoseadas consiguen una engañosa ventaja frente a unos ojos diezmados en la oscuridad, que terminan adquiriendo cierto aire a nuevo. Como esos objetos de segunda mano que compramos por internet a mitad de precio y por la mitad de la mitad del valor original.

Pero nunca nos gustó lo fácil, ¿verdad?

Ya destrozamos el lenguaje una vez a base de yuxtaposiciones y subordinadas de toda índole, revolviendo a los adverbos y creando manifiesta molestia entre preposiciones, intercalando y superponiendo vulgaridades de todo tipo entre y sobre los cultismos más esnobistas y, sin duda, lo volveremos a hacer.

“Difícil eres tú”, me dices.

“Difícil somos nosotros”, te digo.

Y quedamos en paz hasta la próxima contienda, empapados y agotados. Cogidos de la mano, tratando de protegernos de toda esa luz de mierda que vomita esta ciudad.

Camina. Hacia el fondo y, después, a la izquierda.

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