Axolote atropelladoHay dos momentos decisivos en la vida, solo dos: Cuando dices “a la mierda”, y cuando dices “adelante”. Mifti es una de esas personas que nunca llegan a decir “adelante”. Ni siquiera es capaz de decir lo contrario.

Encontré Axolote atropellado en la sección de saldos de una librería del centro de Madrid en la que siempre nos detenemos a cotillear. Su portada me llamó la atención al instante, me lo iba a llevar a casa sí o sí porque, bueno, no sé; ¡un axolote! (Que su precio fuera irrisorio también resultaba determinante.) Pero cuando se me ocurrió darle la vuelta y leí la sinopsis, algo hizo clic en mi cerebro.

Estaba escrito para mí. Quizá por mí, en otro cuerpo, en otro espacio, en otro tiempo. Esa fue la extraña, inexplicable y paranoica sensación que tuve.

Berlín, 2010

Mifti, 16 años, drogadicta, alcohólica, adicta al sexo y a las fiestas nocturnas, padece síndrome de pseudo estrés debilitado. Lo que la diferencia de los demás es su hipersensibilidad y su abierta e incisiva curiosidad por una generación mayor que no parece ser capaz de preocuparse por sus hijos. El diario de una joven que lleva al límite los excesos de la adolescencia y sus consecuencias, con una prosa extremadamente literaria y poética, plagada de duras realidades que deberían hacernos reflexionar a todos.

SUMAdeletras, Axolote Atropellado/Axolotl Roadkill

Esto no es una reseña

Quiero dejar claro desde este momento que esto, desde ninguno de sus posibles ángulos o puntos de vistas, pretende ser una reseña. Tan solo pretendo compartir de una manera lo más justificada posible las peculiaridades de esta obra que su autora, Helene Hegemann escribió hace ya casi cinco años, con nada más y nada menos que 18 –nada tiernos– años recién cumplidos.

Pese a la opinión general y a las duras críticas que ha recibido durante estos años, Axolote atropellado es un libro complejo y lleno de matices, incluso me atrevería a decir que ha sido sojuzgado e incomprendido. Para entenderlo desde una base correcta, hay que contar de antemano con la edad que tenía la autora cuando lo ideó y escribió, sí, pero sobre todo hay que tener presente en el principio por el que se rige toda la obra; el principio estético de la intertextualidad.

Esto es; la relación que un texto –en este caso escrito–, mantiene con otros textos, ya sean contemporáneos o históricos. Este conjunto de textos con los que se vincula de manera explícita o implícita, conforman un tipo especial de contexto que influye tanto en la producción como en la comprensión e interpretación del discurso.

Según la definición restrictiva de Genette de la intertextualidad, podemos diferenciar tres tipos de restricciones en cuanto a la referencia explícita y/o literal que un texto hace a otro texto anterior:

  • La cita es un procedimiento explícito y literal de referencia: el texto anterior está presente con sus palabras originales y se indica su procedencia.
  • El plagio es una referencia literal pero no explícita: las palabras de la obra anterior aparecen en la presente, pero no se menciona cuál es tal obra anterior.
  • La alusión es explícita pero no es literal: el texto anterior es mencionado, pero ninguna de sus palabras es reproducida.
© Keystone

You write like a roadkill

Ahora bien, ¿qué ocurre con la novela de Hegemann?

El problema, si es que se le puede denominar como tal, es que Axolote atropellado se encuentra a medio camino entre una bien nutrida y lograda intertextualidad y un vertiginoso arte de copy-paste que tanto daño hace en este mundo 3.0 al que poco a poco vamos evolucionando.

Cito de forma textual el apartado final de “Fuentes y agradecimientos”, página 303 de la edición 2011 de SUMAdeletras:

En distintas partes del libro se alude a las siguientes fuentes (libros, canciones, películas, blogs, etc), bien sea en forma de cita directa, de cita modificada o porque hayan servido de inspiración:

Del blog de Airen: airen.wordpress.com Posteriormente publicado como libro bajo el título Strobo, con epílogo de BOMEC. ©SuKuLTuR, Berlín, 2009. Citado con amable permiso de la editorial.

Hegemann, pág. 11: Por algún motivo, del oído derecho me sale sangre trenzada a modo de coronas de laurel.

Airen: Sonrío asomado a la ventana, de mi oído derecho sale sangre a chorros, trenzada con hojas de laurel.

Hegemann, pág.14: […] de unas tetas de vaselina hiperreales, pero algo defectuosas debido al Rohipnol.

Airen: hiperreales, pero unas tetas de vaselina algo defectuosas debido al Rohipnol.

[…]

Hegemann, pág.51: […] sobre alguno de esos nichos acolchados pensados para follar.

Airen: sobre un banco de caucho de un reservado pensado para follar.

[…]

Y así suman y siguen una treintena de “alusiones” al blog de Airen, en ocasiones párrafos enteros sutilmente modificados. También se encuentran citas de Unter dem Vulkan de Malcom Lowry, de Rave de Rainald Goetz, de Jim Jarmusch, Foster Wallace, y un largo etc. que se añaden a las anteriores y ocupan unas cuatro páginas más de recopilación de referencias a esas discutibles “alusiones”.

Cuando, tras vivir varias semanas de la vida de Mifti a través de su caótico diario, llegué al final del libro y leí, no sin cierto asombro, el en parte citado “Fuentes y agradecimientos”, algo se hizo añicos. La historia que acababa de leer y disfrutar como si fuera la mía, comenzó a descomponerse y enturbiarse conforme avanzaba.

Sin quitarle a la autora el mérito que merece al construir una obra de forma tan compleja, a base de mapas mentales propios y ajenos en principio inconexos y terminar dándoles formas, me pregunto, tras haber realizado una lectura emotiva y otra más racional, ¿cuánto de creación propia, emocional y visceral tiene éste título y cuánto de copy-paste puro y duro? Porque si seguimos al pie de la letra las definiciones de Genette –y oye, yo no soy quién para poner en duda al mismísimo creador de la narratología–, a lo que hace Helene Hegemann, no puede llamársele “aludir”. Pero “plagiar”, como tal, tampoco. Así que, aluplagiar, tal vez, ensuciando, a mi modo de ver, ese principio estético de la intertextualidad tan maravilloso y en el que tanto se escudan tanto la autora como la editorial.

—Reconozco que tiene algo especial.

—¿El qué?

You write like a roadkill.

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