—¿De verdad? No se me había ocurrido nunca.

—Entonces tienes un problema serio, porque el ser humano es un ser pensante. Si no piensas, no eres un ser humano.


¿De dónde viene el machismo? ¿Quién generó la rocambolesca idea de que un hombre vale más que una mujer? ¿Por qué los hombres han imperado sobre las ciencias y las artes a lo largo de todos estos siglos? ¿Por qué, a día de hoy, aún tenemos que lidiar con pensamientos propios de hace 2.500 años?

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Por supuesto, no tengo respuestas ciertas a todas estas preguntas, pero sí tengo algunas teorías e ideas basadas en la historia y la filosofía.

He aquí una de ellas.

Lo ideal

Platón (427-347 a.C), como buen racionalista, defendía el uso de la razón por encima de todo y todos, más allá de distinciones entre culturas, razas o incluso de clases. No en vano, su famosa Teoría de las Ideas deja bastante clara su posición en cuanto a lo que percepción y razón se refieren: lo único de lo que podemos estar seguros es de aquello que “vemos” con la razón, mientras que aquellas cosas que sentimos, tocamos y vemos, no se reducen más que a hipótesis y vagas ideas de lo que es en realidad eterno e inmutable; el mundo de las Ideas.

Platón ilustra su teoría con el también conocido Mito de la caverna, una parábola en la que describe el camino que recorre un filósofo desde la ceguera hasta llegar a las verdaderas ideas que se encuentran en la naturaleza y terminando, en ese caso como su maestro, Sócrates, a quien también asesinaron los otros “moradores de la caverna” que se negaron a ver la verdadera realidad.

Podemos encontrar este mito en uno de sus diálogos más reconocidos, La República, en el que Platón nos muestra la composición de su Estado ideal, uno utópico e imaginario, gobernado por filósofos y estratificado en cuatro clases análogas a su forma de dividir el cuerpo y alma del ser humano o la virtud. Este Estado ideal, a día de hoy, bien podría ser reconocido como un estado totalitario, es cierto. Pero merece la pena detenerse a reflexionar en un asunto, para nada nimio, que la historia pasó por alto.

Las mujeres, según Platón

¿Sabíais que Platón pensaba que las mujeres tenían exactamente la misma capacidad de gobierno y liderazgo que los hombres? Quizá, dicho hoy, no signifique mucho, pero no olvidemos que sostener esta postura 400 años a.C, suponía todo un desafío –aún muchos miles de años después, seguiría siéndolo.

Pensaba que, como un hombre, cualquier mujer sería capaz de gobernar un estado porque tenían la misma capacidad para razonar que estos, y pensaba esto precisamente porque en su Estado ideal, los gobernantes lo serían en función de su razón.

Para Platón, lo ideal sería educar a las mujeres, liberándolas de cargas familiares y domésticas.

Otro punto interesante sobre la filosofía política de Platón, es su opinión con respecto a la educación de los niños, que a su parecer era de tal importancia, que no debía quedar en manos de cualquiera, sino del Estado y habló en favor de un sistema público de guarderías y colegios.

Más tarde, tras algunos chascos políticos, cambiaría alguna de sus posturas escribiendo El Estado legal, en este dialogo reduce un tanto el nivel de libertades y la posibilidad de poderes que le otorgaba a las mujeres en un primer lugar pero, aún así, afirmaba que «un Estado que no educa a sus mujeres es como un ser humano que sólo hace ejercicio con el brazo derecho».

Athena revealing Ithaca to Ulysses, by Giuseppe Bottani (1717-1784), oil on canvas, 47x72 cm

Un hombre de ciencia

Años después, uno de los discípulo de Platón, propuso un cambio de paradigma.

Hablo, por supuesto, de Aristóteles (384-322 a.C), filósofo y científico conocido por ser el primero en arrodillarse sobre la tierra, llenarse las manos con ellas y otorgarle un orden y sentido a la naturaleza (el principio de la clasificación biológica que hoy conocemos), así como reconocido padre de la lógica.

Aristóteles no solo fue discípulo de Platón sino que, además, se convirtió en su mayor opositor rechazando por completo la Teoría de las Ideas de su maestro, así como sus teorías éticas y políticas.

Seguro que estáis pensando: ¿y qué opinará el discípulo sobre las mujeres? ¿También romperá los esquemas de Platón sobre ellas? No adelantemos acontecimientos, ahora lo vemos, pero mientras tanto, os diré que la sensación de retroceso y atraso que vivimos de cuando en cuando cada vez que, por ejemplo, se elige a un nuevo presidente del gobierno en un país y toma las decisiones erróneas, se parece mucho a lo que sigue a continuación.

Aristóteles comprendía la realidad de una forma radicalmente distinta a la de su predecesor: constató que esta estaba compuesta por una serie de cosas individuales que constituyen un conjunto de materia (el material del que está hecha esta cosa) y forma (las cualidades específicas de la cosa). Para él, cada cambio de la naturaleza es, en realidad, un cambio en la materia, que es lo único que fluye en la naturaleza, mientras que la forma, permanece siempre inmutable.

Pues bien, cuando se trata del hombre y la mujer, Aristóteles, sin quebrarse demasiado la cabeza, aplica la misma teoría y hace la siguiente distinción.

Un hombre incompleto

Para él, la mujer venía a ser algo así como un “hombre incompleto”. Durante la procreación, bajo su punto de vista, la susodicha tendría siempre un rol pasivo y receptor mientras que el hombre mantendría el rol activo, siendo quien tuviera algo que aportar a la concepción misma. ¿Os suena esta forma de pensar? Imagino que sí, pero esperad, porque Aristóteles va aun más allá al pensar que el neonato tan solo hereda las cualidades del hombre, ya que estas están contenidas en el esperma del varón. Es decir, a su modo de ver, la mujer era como la tierra, un elemento que no hace otra cosa que gestar una semilla que el hombre siembra, convirtiendo así a hombre y mujer en forma y materia respectivamente en lo que a la concepción se refiere.

Para ser un hombre de ciencia y tan razonable en otros aspectos –sin mencionar que fue discípulo de quien fue–, resulta lamentable y algo desconcertante observar cómo llegó a equivocarse tanto en lo que a la relación entre sexos y sexualidad se refiere. Y sí, por muy Aristóteles que sea, he dicho “equivocarse”, porque es evidente que no pudo errar más el tiro.

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Malas ideas a través del tiempo

Pero más sorprendente –y aún más lamentable– que lo anteriormente mencionado, resulta pensar en que fue la visión de Aristóteles sobre la mujer y no la de Platón la que llegó a dominar e imperar durante la Edad Media y por ende, la que ha perdurado hasta nuestros días y contra la que tanto cuesta lidiar.

Y es que aunque solo se conserven 30 tratados en la actualidad, Aristóteles escribió unos 200 a lo largo de su vida, –bastante más que su maestro, que era más participe de la transmisión y enseñanza de la filosofía oral que escrita–, los cuales se transmitieron y fueron calando generación tras generación.

Da que pensar, ¿no?

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