Volvemos de vacaciones un poco así. Ya no desubicados o desorientados sino contrariados, en desacuerdo con la vida misma, como disconformes con la realidad que nos rodea, con la que le ha tocado vivir al otro y no, en términos generales, a uno mismo. Volvemos también con aires sibaritas, despreciando la rutina y sus pequeños detalles, despreciando por ende todo lo constreñido, normativo y tajante. Qué horror, claro. Además, tras unos días de descanso, la sensación de que todos y todos han regresado para y por complicarnos la existencia late incesante y nos oprime el pecho sin remedio. Ley de vida.

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Esto pasa especialmente tras unas vacaciones como han sido estas, las de Semana Santa, tan cortas y escasas que la desconexión brilla por su ausencia y el relax es una palabra más en el diccionario, de esas heredadas, que no sabemos muy bien de dónde vinieron ni por qué se quedaron sino por la relajante suma de los dos sonidos que produce la equis final.

Tanta divagación no es gratuita. Como si el azar y/o el caos –que no son polos opuestos ni mucho menos sinónimos–, se hubiesen puesto de acuerdo para reforzar mi teoría sobre la contrariedad vacacional, el lunes mismo encontré entre mails, manuscritos y apuntes, un sinfín de desacuerdo. Y qué le vamos a hacer, soy como soy, así que me dije:

Vamos a ver si nos ponemos de acuerdo

Ante todo, calma y orden. Las letras –por suerte, opino yo– no son ciencia exacta y esto conlleva enormes ventajas y también alguna que otra desventaja, como por ejemplo, vernos los escribientes, escribidores y demás gentes del mundillo literato, subyugados a los designios de la beatificada RAE. Pero si en vez de llorar sus lavados de cara que a veces ensucian más que purifican, cogiéramos el toro por los cuernos y nos pusiéramos de acuerdo, menos daño, quizá, nos haríamos todos.

Así pues, veamos si somos capaces de conseguirlo poco a poco.

Los amistosos acentos gráficos

Algunas de las palabras más animosas del castellano por lo saladas que iban con sus sombreritos, ya no los llevarán jamás. Estas son, por decreto:

  • fie
  • liais
  • guion
  • truhan
  • este/esta/eso/esa
  • aquel/aquella/aquello
  • o (cuando separaba cifras, solía colocarse con una tilde para diferenciarlo del cero, ya no).
  • solo

OJO. “solo”: Ni adverbio, ni gaitas. No hay tilde, nunca más. “este”: Por más que puedan existir ambigüedades, se quedará así, cercenado.

Por si os da por consultar el diccionario de la Real Academia Española de la lengua mientras leéis esto, os recuerdo que la versión actual (23º) está siendo aun digitalizada y la que se muestra no es sino la anterior edición por lo que, en muchos casos, como en el de “este”, se os advertirá que «1. pron. dem. Designa lo que está cerca de la persona que habla, o representa y señala lo que se acaba de mencionar. ORTOGR. En este último caso escr. con acento cuando existe riesgo de anfibología.»

Prefijos y palabras compuestas

No sé a vosotros, pero a mí esto siempre me ha preocupado especialmente. Gracias a la globalización, al rápido crecimiento de la tecnología y de la evolución de la propia lengua, cada vez usamos más palabras de este tipo y si no llegamos a un pronto acuerdo sobre cómo escribirlas, correremos el riesgo de terminar convirtiendo el lenguaje en un auténtico guirigay.

Así pues, vamos al lío.

Una palabra compuesta es aquella formada por la unión de dos o más palabras simple: abrecartas, cubrecamas o correveidile. Según el grado de fusión de las partes (palabras), se encuentran dos tipos:

  1. En el que sus componentes se integran en una única palabra y grupo tónico: agridulce batamanta, por ejemplo, por ponernos un poco más modernos.
  2. Los formados por palabras yuxtapuestas que mantienen independencia gráfica y acentual. Unas veces se separan con guion como en teórico-práctico, pro-izquierdista, etc.; otras sin guion: cabeza rapada, problema clave, telefonía fija, etc.

Pero los que a nosotros nos interesan son los primeros y los del segundo grupo que se separan con guion (guion sin tilde, ya sabéis). Unificando criterios, la RAE ha decidido que, cuando estas palabritas van al lado de una sola palabra, la palabra compuesta siempre será del primer tipo, al margen de cuál sea esa palabra solitaria en cuestión. Así, “antiadherente”, “exnovio” o “vicepresidenta”, irían juntas.

Por otro lado, vocablos como “mini-USB”, “anti-OTAN” o “pro-Kierkegard”, vendrían así, con guion (¿a vosotros también se os van los dedos a la tecla de la tilde de vez en cuando todavía?) dado que la palabra principal de la fusión, va en mayúsculas.

El prefijo se admitiría fuera de la palabra siempre y cuando esta estuviera formada por más de una palabra como en el caso de “pro derechos humanos” o “ex consejera de sanidad”.

Palabras de otro mundo

Ahora viene la parte más sangrante de todas; la de ver palabras extranjeras destrozadas como jamás quisiéramos ver las nuestras. No me gustaría entrar en debates semánticos, ni siquiera emocionales, sobre por qué sí o por qué no deberíamos atenernos a lo que dicta la RAE en estas cuestiones, pero que quede claro que en lo que a mí respecta, lo que estoy a punto de escribir me resulta de lo malo lo peor y de lo peor lo ignominioso.

Sea como sea, los conceptos extranjeros que incorporemos en nuestras construcciones gramaticales o castellanas deberán marcarse en cursivas preferentemente, pudiendo enmarcarse también entre comillas si se utilizan en su idioma original. Lo mismo ocurrirá con semper fidelis, status quo, sine die o post mortem, es decir, palabras y/o expresiones latinas no incorporadas al lenguaje español.

Ahora bien, se recomienda encarecidamente la castellanización –palabro donde los haya, ya per se–, como en “No me concentro sin un buen lingotazo de güisqui, en la que la palabra irá sin ningún tipo de resaltado y adoptará las normas ortográficas habituales de nuestra querida lengua.

Por otra parte y ya que estamos

El otro día, sin comerlo ni beberlo, me encontré de pronto inmersa en una discusión –bastante boba, todo ha de decirse–, acerca de si era más apropiado denominar a dicha lengua “española” o “castellana”. Todo esto venía a que para los argentinos, por ejemplo “castellano” es el español que se habla en argentina, siendo “español” –o gallego, si nos ponemos– el que se habla exclusivamente en España, mientras que para muchos españoles, el castellano es el idioma español mismo, siendo el resto dialectos y lenguas derivadas de este.

Así que para poner punto y final al asunto, echemos mano esta vez de la Asociación de Academias de las Lenguas Españolas:

Para designar la lengua común de España y de muchas naciones de América, y que también se habla como propia en otras partes del mundo, son válidos los términos castellano y español. La polémica sobre cuál de estas denominaciones resulta más apropiada está hoy superada.

Aun siendo sinónimo de español, resulta preferible reservar el término castellano para referirse al dialecto románico nacido en el Reino de Castilla durante la Edad Media, o al dialecto del español que se habla actualmente en esa región.

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