Apartaba de un manotazo las pequeñas bolsas de naftalina y alcanfor que dominaban el mueble y que aun no se había atrevido a retirar para después introducir cada prenda de forma mecánica sobre la balda apropiada.

Doblaba y guardaba su ropa en los armarios como si de melancolía hilvanada se tratara. Se preguntaba a cada momento por qué seguirían aquellos repelentes allí. Si lo pensaba bien, caía en la cuenta de que jamás había visto una polilla merodear por la casa, y mucho menos allí, en la habitación. Ni siquiera recordaba, en sus treinta y seis años de vida, haberse encontrado con alguna cruzando el campo que separaba les separaba del pueblo más cercano.

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Por supuesto, sabía cómo eran y el aspecto poco amigable que ofrecían con esas alas grisáceas de pseudo mariposas y ese característico exo-esqueleto peludo. No era tonta ni tan ajena al mundo. Las había visto en documentales y había oído hablar de ellas a amigos o a familiares. También sabía de las molestias que podían ocasionar, que a veces producían alergias y que por lo visto “se comían la ropa” y que a él, en particular, le disgustaban sobremanera aquellos insectos. Tanto, que tan rematadamente maniático y supersticioso cómo era, se había dedicado a rellenar cajones y armarios con toda clase de productos mortiferos; bolitas, tabletas de naftalina, colgadores o geles de alcanfor, etc. Fuera como fuere, a ella siempre le había resultado exagerado, llegando incluso a burlarse de él y su despliegue de artefactos disuasorios, que resultaban cuanto menos, nocivos para el olfato.

Siempre pensó que los tiraría por la ventana en cuanto tuviera oportunidad. Que durante las próximas vacaciones que salieran juntos, se encargaría de darle las llaves a su madre para que regara las plantas y aprovechara para vaciar de químicos los armarios y así, cuando llegaran relajados de la playa; sorpresa. Ya no habría vuelta atrás, porque le convencería para no volver a instalarlos, de que las polillas no eran cosa tan mala, de que no había por qué temerle a algo tan pequeño…

Pero nunca llegaron a hacer ninguno de esos hipotéticos viajes y allí seguían los repelentes, tal y cómo él los había dejado antes de irse, como pequeños gritos ahogados disimulando entre el fuerte y penetrante olor acre que ella evitaba rozar cada vez que la tristeza la empujaba a adentrarse en esos pedazos de roble opaco.

Acabó de doblar la ropa y sin apenas mirar en su interior, cerró la puerta del mueble con llave respirando hondo.

Cansada, se lanzó a la cama, deshecha desde hacía días. Se abrazó a la almohada que solían compartir y respiró con ganas ese olor que ya no existía, tratando de concentrar toda su energía en el recuerdo del último abrazo o la última caricia que se dieron. Pero estos, como si se hubieran apelmazado en algún oscuro rincón de su conciencia, se empeñaban en no salir a flote, dejándola tan vacía y sorda como habían quedado los pasillos de la casa sin sus idas y venidas. No era capaz de recordar el último beso, las últimas palabras o su última mirada, pero por algún motivo, sí tenía muy presentes los primeros. Rememoró entonces aquel día nublado en que se chocaron de forma fortuita al salir ella distraída de una librería y querer entrar él, rezando en silencio a un dios en el que no creía para que no le permitiera olvidar nunca ese rostro, esa voz.

Y así, envuelta entre murmullos, empapada en una seca humedad de algodón que sabía a lo viejo y lo perdido, se adentró en el limbo en que pelean sueño y vigilia hasta que un aleteo mudo la devolvió a un estado más consciente. El corazón, por sorpresa, comenzó a latir de pronto.

Una polilla grande y gris surcaba la habitación sin rumbo, como se hubiera perdido y se supiera tan abandonada como sus huesos, que habían ido a parar a aquella cama porque no tenían ni querían nada mejor que hacer.

Casi atemorizada, se levantó y la siguió con la mirada por toda la estancia hasta que, lenta y perezosa, el insecto dejó de batir sus alas para posarse en el armario cerrado bajo llave.

Suspiró y se sentó en el borde de la cama sin saber qué hacer, pensando que él había terminado por tener razón cuando decía que, a menudo, las cosas pequeñas asustaban más que las grandes

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