Delante, detrás, a un lado y a otro. Allá donde mire no veo más que copias de nosotros mismos. Más despiertos o más guapos tal vez, quizá menos ingenuos, puede ser. Pero tan similares a lo que fuimos, que resulta escalofriante.

Hoy, tras mucho años y casi por accidente, he vuelto al barrio que juré no regresar. Hoy, para mi sorpresa, te vuelvo a recordar. A ti, a todos vosotros. ¿Cómo no iba a hacerlo si vuestros nombres entintan las paredes y dopplegangers adolescentes se apoyan en ellas, indiferentes?

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Nuevos rostros. Nuevos cuerpos. Misma ropa deportiva, mismo maquillaje recargado, labios sutilmente coloreados. Los mismos peinados con pequeñas variaciones sobre las cabezas de las copias, más modernas. Actualizadas, claro. 2015. Swag. YouTube. iPhone. Android. Must. Selfie. ACAB. Twerking. Freak.

Las mismas mechas, los mismos colores, idéntico significado. Las mismas miradas perdidas. Cigarros y porros en ristre a la puerta del instituto. Ganas de comerse el mundo, pero no hoy, tampoco mañana. Porque en el fondo no tienen, igual que no teníamos, ganas de absolutamente nada.

Y ahí están, fumando, riendo. Juguetean con la idea de no entrar a clase. Y no entran. Estaba claro. Lo sabía porque ellos lo saben. Ellos son nosotros.

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Se sienten únicos con sus Adidas y Converse, con sus nuevas New Balance, con sus cabezas a medio rapar y sus dilataciones, sin reparar en que siendo como no podría ser de otra forma, nuestras copias, años antes que ellos, nosotros ya habíamos hecho pellas, fumado y reído. Que ya nos habíamos rapado, dilatado, tatuado y agujereado el cuerpo en todos los rincones posibles. Que ya nos habíamos puesto esa ropa en todas las combinaciones posibles, desgastando Converse, Adidas y New Balance a pares, hasta desollar calcetines mientras, minuto a minuto y quiero a no quiero, escribíamos un futuro brillante que, como ellos, dejaríamos escapar.

Resulta sorprendente comprobar cómo el tiempo parece haberse quedado estancado en esta calle desde que la abandonamos. Esta calle que sigue siendo corta, pero ancha, con sitio para esparcirse y si se quiere, perderse. Una vía de dos sentidos, dos calzadas y ladrillo visto, desprovista de más entretenimiento que el que procura y procuraba el gentío que la transita.

Una calle que, más que calle, ahora se me antoja una suerte de máquina fotocopiadora atroz, una en la que entran hojas en blanco para salir después impresas con tinta de dudosa calidad los consiguientes este, esa, él, aquel, o ella. Copias imperfectas que no aprendieron ni nada aprenderán si nadie se preocupa por editarlas.

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