El humo, los kilómetros, los litros, los gramos, los vatios.

Solo queríamos besarnos pero la rebeldía nos empañó las gafas. Como siempre, en el último y decisivo minuto, ese en el que pasaba aquel tranvía llamado deseo al que subimos de milagro y del que no fuimos capaces de bajarnos a tiempo.

Lo sublime – Teresa Cano
Ilustración de Teresa Cano; publicada en N#07 Revista Argonautas

Mejor que llorar, será reír, que es lo que nos queda, reírnos de todo como lo hacíamos entonces sin pararse a recordar, porque enseguida te das cuenta de que el ejercicio del recuerdo sabe a vodka barato sin mezcla y que “lo barato sale caro”, nos lo decían siempre. Pero sin embargo, recuerdo cómo era aquello.

Estar borracha, entonces, era una sensación incomparable. Una mezcla trifásica con un poco de nosotros, esto y aquello. Tres dimensiones en contraste con esto, que no es más que lo que ves, una espantosa transición de sólido a gaseoso sin paso por líquido que valga. Sin intermediarios ni premeditación o alevosía. Un estado que poco o nada tiene que ver con mi definición de lo sublime.

Solo quieres tocarme, pero yo no paro de quejarme, preocupada por el tiempo, su inconsistencia y la fluctuación de sus consecuencias.

Un puto desastre.

Y siempre, siempre me quedo con la última palabra enganchada en la punta de la lengua, con ganas de más, de no subir al autobús y de follarte en cada parada cómo el primer día; con ansiedad, sin mañana.

El humo, los kilómetros, los litros, los gramos, los vatios. Que aquí parados, y a la luz de una pantalla, no saben a nada.

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