Detrás de la muela inferior izquierda, la del juicio.

En algún rincón oscuro y minúsculo entre el diente y la encía. Justo ahí, se esconde un trozo de carne que no me pertenece. Molesta. Lo noto si empujo con la punta de la lengua. Lo noto moverse cada vez que trago saliva, incapaz de salir de su prisión de carne y hueso. Me repugna, pero no tanto como el sabor a herrumbre que me corroe el paladar y que no desaparece.

No desaparece.

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Por lo visto, he mordido demasiado fuerte. A mi juicio, no lo suficiente.

Ahí sigue, a duras penas consciente. Acostado boca abajo, me observa desde el borde de la cama como un perro malcriado al que acaban de atizar por primera vez en su vida. Demasiado orgulloso para protestar, demasiado asustado como para intentar salir corriendo de la habitación.

Quizá sea consciente de que ya no podrá levantarse de la cama. Quizá no tenga la menor idea de por qué estoy yo a su lado, asistiendo al truculento espectáculo que supone este goteo. En cualquier caso, me trae sin cuidado. El trabajo, de una forma más o menos ortodoxa, está prácticamente terminado. Así que recojo mis cosas y me voy.

Ya en la calle, busco una farmacia con cierta urgencia. Necesito un cepillo de dientes.

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