2609Siempre que las páginas de Nothomb y yo nos enfrentamos, sucede lo mismo; empiezo leyendo y termino devorando con ansiedad y cierta sensación de asfixia. Pasó con Antichrista y con Diario de golondrina, pasó con Ordeno y mando y, por supuesto, ha pasado con Metafísica de los tubos, una de sus obras más elogiadas por los “entendidos” en la materia y, a su vez, probablemente la más criticada por los lectores.

Estos últimos, a raíz de dicha novela, se atreven a tildar a la escritora belga de egocéntrica y superficial. Alegan que toda la obra de Nothomb gira en torno a sí misma, a sus virtudes, heroicidades y sufrimientos. En contraposición, otros lectores la halagan e incluso idolatran; dicen de ella que fue una niña genio y que, por tanto, lo sigue siendo, que su prosa corta vale más que cien mil palabras de autores más afamados, etc.

En lo personal, creo que ninguna de las dos facciones termina de entender su obra o al menos, no en lo concerniente a Metafísica de los tubos.

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En Metafísica de los tubos, la autora nos presenta a una infante (ella misma) que ya tiene, en su etapa prenatal, conciencia del universo, del todo y la nada y que, por tanto, se sabe Dios. Una infante que no “nace” al nacer, sino al tomar conciencia del “yo” y a través de la cuál, narra de forma ácida, cruel y autocrítica los tres primeros años de vida de cualquier niño pequeño. Que este bebé se llamase Amèlie, Sebastián o Roberta y que naciera en Japón o en Sebastopol, poco cambiaría el echo de que nos encontramos ante una novela exquisita que se atreve a filosofar con arrojo y personalidad sobre cuestiones que, sin duda, todos nos hemos planteado siendo más o menos pequeños, nos acordemos de ello, o no.


 

Le pregunté a Nishio-san quién era Jesús. Me contestó que no lo sabía exactamente.

—Sé que es un dios –se aventuró a decir–. Y que tenía el pelo largo.

—¿Crees en él?

—No.

—¿Crees en mí?

—Sí.

—Yo también tengo el pelo largo.

—Sí. Pero a ti, además, te conozco.

Nishio-san era una buena persona: tenía opiniones fundadas.

Metafísica de los tubos, Amèlie Nothomb. Anagrama, 2013.


 

Pregunté de qué se trataba. Me explicaron que de una carpa, en honor a mayo, el mes de los chicos. Dije que no veía cuál era la relación. Me respondieron que la carpa era el símbolo de los chicos y que se enarbolaba ese tipo de esfigie piscícola en los hogares de aquellas familias que tuvieran un hijo de sexo masculino.

—¿Y cuándo cae el mes de las chicas?

—No existe.

Me quedé sin habla. ¿Qué clase de apabullante injusticia era aquella? Mi hermano y Hugo me miraron con expresión burlona.

Metafísica de los tubos, Amèlie Nothomb. Anagrama, 2013.


Así pues, aun suponiendo que, efectivamente, Amélie Nothomb fuese una egocéntrica de tomo y lomo, yo seguiría preguntándome: ¿dónde está el problema?

Imágenes: http://progphp.free.fr

 

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