Noquéame

Pequeñas supernovas estallaban en mi cabeza al son de Say you’ll haunt me mientras paseaba, sin rumbo, por calles oscuras que fingía desconocer.

El amargor de la cerveza que corría por mi torrente sanguíneo se confabuló con la ciudad para hacer desaparecer el camino a casa cuando, de pronto, la realidad se convirtió en un sinfín de preguntas a todo color, llena de detalles luminescentes, incomprensibles y zigzagueantes.

La embelesadora voz de Corey Taylor me decía que podía ver los patrones que se formaban en mi rostro y los milagros que en él se erigían, que podía protegerme también de esas criaturas, tan horribles, que ni si quiera en las sombras podían ocultarse, que sólo quería estar a mi lado… Casi me sentí arropada por sus palabras, por su música, pero pronto comprendí que no me hablaba a mí. Nadie me hablaba a mí.

Caminaba sola, despacio, mirando a mis espaldas de cuando en cuando, suplicando que algo o alguien me buscase y encontrase, que alguien me persiguiera y me diera caza. Algo o alguien que me sacase de aquellas estúpidas aceras, me arrancara los pulmones. Alguien o algo que me destrozara e hiciera pedazos en aquel mismo momento. 

Un golpe de ira, un golpe de fuego. Tan solo un golpe.

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