«Strange infatuation seems to grace the evening tide. i’ll take it by your side…»

Sonaba Placebo a todo volumen desde un equipo de música que latía ignorado en la esquina del salón del cuarto piso del número veintitrés de una calle cualquiera.

Without you I’m nothing inundaba cada habitación y se colaba por cada rendija del edificio mientras la vecina del sexto sacudía una alfombra por la terraza, llenando de polvo y pelusa las terrazas de los pisos inferiores, pisos en los que, en su mayoría y por suerte, las ventanas estaban cerradas. Aunque no en el cuarto, donde cada ventana y puerta permanecía abierta de par en par desde hacía, al menos, media hora.

Seguía sonando Placebo mientras la vecina del piso de arriba terminaba de limpiar su alfombra favorita y poco a poco, gota a gota, comenzaba a llover.

Y todavía sonaba Without you I’m nothing cuando la lluvia se empezó a animar y el cielo a nublarse. Fue entonces, y justo a la vez, cuando la vecina de arriba cerró las ventanas con desgana y el hombre del traje gris tomo la iniciativa, despidiéndose del hombre de los ojos vidriosos que, tras el último beso, permanecía de pie junto a la puerta, con las mejillas cálidas y húmedas. Húmedas como el asfalto que se adivinaba, iluminado por la luz anaranjada de las farolas de esa calle cualquiera, a través del umbral de ese portal número veintitrés. Un portal que el hombre del traje gris jamás volvería a cruzar, como tampoco volvería a tener una vecina de arriba a la que soportar a diario, sacudiendo su alfombra preferida a las siete de la tarde. Como tampoco volvería a escuchar a Placebo mientras, poco a poco y gota a gota, comenzara a llover.

«You slipping slowly from my reach.

You grow me like an evergreen,

You neves see the lonely me at all.»

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