En la habitación 404 del Hotel Mirror, un hombre de mediana edad, desnudo y amordazado, soportaba a duras penas la presión que las cuerdas ejercían sobre la piel de sus muñecas, muslos y pecho. Frente a él, el televisor reproducía una desgastada copia del clásico de los sesenta, Mary Poppins.

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Desconocía el nombre de aquel hombre desnudo y amordazado de mediana edad, así que lo bauticé como al resto; Michael. Porque para mí, todos eran como él, pequeños e inocentes. Tiernos e indefensos Michael.

Este Michael me gustaba especialmente. No gimoteaba. Ni siquiera había intentado gritar o alzar la voz cuando nuestro casual encuentro en la puerta de su habitación hubo tomado un giro de lo más interesante. Michael se limitaba a languidecer en educado silencio. Aquello, lejos de suponerme un fastidio, convertía la actitud de Michael en un interesante reto pero, sobre todo, en un aliciente. Observándole, supuse que eso que dicen de la esperanza, lo de que es lo último que se pierde, no podía ser sino cierto. Y es que a pesar de que mi pequeño Michael llevaba más de una hora inmovilizado sobre aquella silla correosa y endeble, sus ojos seguían albergando el brillo característico de quien todavía piensa que, al final, todo se resolverá. Que ese o esa que lleva diez minutos llamándole por teléfono sin recibir respuesta, caerá por fin en la cuenta de que algo no anda bien y dará la alarma. Pero aquello no era lo único que me divertía. Lo que más me atraía de él, lo que más excitante me resultaba de su estoicismo, era la causa del mismo: Michael pensaba que podría salir vivo de allí.

Si tenía miedo, si se le revolvían las tripas pensando en qué pasaría a continuación, lo disimulaba de maravilla. No había ni un solo rastro de temor en sus ojos. Sus pupilas, dilatadas por la penumbra que reinaba en la habitación, no transmitían otra cosa que asquerosa y decepcionante esperanza.

Julie Andrews, en el televisor, comenzó a sacar cosas inverosímiles del interior de su bolso. No pude sino tomarlo como una señal.

Me acerqué a la pequeña mesa camilla sobre la que había colocado mi propio bolso y saqué de él una bolsa de donuts, tan grande como obscena me resultó la mirada de Michael. Retiré la mordaza y le di de comer. Le obligué a comer. Tragó con ansiedad, sin apenas masticar. Sin descanso. Como un animal, sin manos, rebozándose sobre buena parte de la cara y el pecho, glaseado y chocolate a partes iguales. Un espectáculo delicioso que mi Michael particular protagonizaba resignado, esperando que cayese el telón de un momento a otro que no se dio hasta que su estómago comenzó a contraerse, amenazando con un vómito inminente que no tardó en hacer su aparición.

Rosado, espeso y lleno de tropezones, el vómito se deslizó por todo su cuerpo, desde la barbilla hasta la entrepierna.

El olor que ascendía hasta sus fosas nasales volvió a provocarle arcadas. Disfruté durante algunos segundos de su expresión, mezcla de desconcierto y vergüenza, recreándome especialmente en aquel par de ojos oscuros cuyo brillo me había propuesto a apagar.

Volví a la mesa para recoger del bolso los polvos pica-pica y el regaliz que había comprado expresamente para él y, lenta y cuidadosamente, los introduje por sus orificios nasales mientras Michael, que bufaba como un gato enfadado, intentaba expulsarlos.

Comenzó a jadear.

Me senté a horcajadas sobre sus piernas, ligeramente manchadas de vómito, y acaricié su rostro que, poco a poco, sustituía el desconcierto en terror. Le abrí la boca no sin esfuerzo y vacié el contenido de la bolsa de pica-pica en su interior para contemplar, a apenas cinco centímetros de distancia, cómo abría los párpados de par en par según las sales y azúcares de los polvos se hacían con su garganta, imposibilitando una respiración normal.

Le besé entonces; sabía bien y maldije. Quería contenerme. Debía contenerme, pero no estaba seguro de poder aguantar. No me creía capaz de hacerlo.

No tardé en darme la razón y levanté su cuerpo del asiento para lanzarle sobre la cama, de espaldas. Me quité la camisa y los pantalones y le contemplé con devoción: su espalda, ancha, sudorosa, sus piernas abiertas como las de un muñeco roto, sus nalgas temblorosas.

Me relamí por última vez antes de doblar la ropa y dejarla sobre el respaldo de la silla.

Con un poco de azúcar esa píldora, que os dan, la píldora que os dan, pasará mejor…

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