La única costumbre que hay que enseñar a los niños es que no se sometan a ninguna.

Rousseau.

Existen, de forma generalizada, una serie de recursos, costumbres y manías que todos los escritores adquirimos al inicio de nuestras carrera. No todo lo que se aprende es bueno, mucho menos cuando esos conocimientos se transforman en manías, que convendrán ser desterradas para siempre en cuanto las detectamos si no queremos convertirnos en un mal escritor. Para ello, aquí tienes una lista de los malos recursos más dañinos a los que podemos aficionarnos sin casi darnos cuenta.

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Mal recurso no.1.: Contar en vez de mostrar

«El señor Smith era un hombre viejo, vago, rico y malhumorado, estaba gordo y caminaba con dificultad.»

Con esta frase, le decimos al lector cómo es el señor Smith, lo describimos y esbozamos un cuadro general y vago de su aspecto físico y psicológico pero, por desgracia, lo único que habremos conseguido con esta descripción es dar demasiadas cosas por sentado. Si abusamos de la descripción, dándole al lector la información mascada, estaremos negándole la oportunidad de descubrir por sí mismo quiénes son nuestros personajes y por qué, de hacerse conjeturas o de imaginar con sus propios ojos nuestros escenarios.

Mucho más efectivo es mostrar:

«El señor Smith dormitaba a la sombra de su porche, sobre una vieja mecedora de madera. Era la hora de su medicina y aquella estúpida muchacha todavía no se había dignado a aparecer. Con un esfuerzo que se le antojó sobrehumano, se incorporó y trató de alcanzar su bastón, apoyado sobre la barandilla. “Lorraine, ¡saca tu culo de la cocina y ven aquí ahora mismo!”, gritó.»

Hay tantas formas de mostrar como estilos a la hora de escribir, pero lo que está claro es que si somos fieles a esta manera de narrar —show, don’t tell—, obviando el camino fácil de la descripción pura, aportaremos realismo a nuestro relato y conseguiremos empatizar con el lector de una forma que, simplemente explicando cómo son las cosas, nos sería imposible.

Mal recurso no.2.: Pasión por los adverbios

«Rápidamente, Lorraine dejó lo que estaba haciendo y salió al porche donde el señor Smith meneaba la cabeza agitadamente.»

Los adverbios son cómodos y fáciles de usar, descriptivos y efectivos, sí. Pero también son pesados y afearán sobremanera nuestro texto si lo hemos plagado de ellos. Un escritor que abusa de ellos denota tres cosas: poco conocimiento del lenguaje, escaso vocabulario y/o que no revisa sus propios textos.

Si a la hora de corregir encontramos un preocupante uso y abuso de adverbios, deberíamos probar a sustituirlos de forma creativa. Por ejemplo, «desgraciadamente» por «por desgracia», «velozmente» por «a gran velocidad», «raudo», etc.

Mal recurso no.3.: La causa no produce efecto

Si un clavo aparece en un cuento, el protagonista tiene que acabar colgándose de él. Si una pistola aparece al comienzo del cuento, tiene que dispararse antes del final.

Antón Chéjov

¿De qué sirve sacar a escena una vieja carta sobre el escritorio del protagonista si este nunca va a abrirla ni a reparar en ella? De nada. ¿Qué utilidad tiene una tacoma repleta de cuchillos afilados sobre la isla de la cocina si la víctima no va a verlos ni hacer uso de ellos para librarse de su asesino? Ninguna.

En nuestra narración, nada debe aparecer por descuido, porque nos apetece o porque, bueno, por qué no. Todo debe tener una función, un objetivo, un por qué. No pierdas energía ni tiempo escribiendo información superflua que no aporta nada a la trama o al desarrollo de la historia. De lo contrario, terminaras comprobando cómo tu historia se dispersa en mil direcciones, consiguiendo despistar y decepcionar al lector.

Otra cosa muy distinta es que queramos ofrecer pistas falsas, una técnica totalmente legítima donde le mostramos al lector una respuesta o salida obvia por la que, al final, nuestro protagonista o antagonista no optará. De esta forma, conseguiremos que el lector se sorprenda, no pierda interés y no deje de hacerse preguntas. Pero ojo, que “engañemos” a nuestros lectores, no quiere decir que esta pista falsa no deba estar sujeta al principio de causa-efecto. Si el protagonista elige la opción B en vez de la primera, también ha de ser por algo y debemos justificarlo de un modo u otro.

Mal recurso no.4.: Deux ex machina

Literalmente, «Dios desde la máquina», una traducción latina del griego απò μηχανῆς θεóς. Esta expresión se origina en el teatro greco-romano y hace referencia a un momento de la obra en que una grúa o similar (machina), introducía en el escenario a una deidad (deus) que resolvía todos los conflictos o bien, provocaba un giro en la trama.

¿En español? Deus ex machina significa no haber trabajado la historia, sus puntos de giro, su trama. Deux ex machina significa habernos metido en un buen jardín y no tener ni idea de cómo salir de él. Significa, en definitiva, resolver las cosas de forma acelerada, como por arte de magia.

Este recurso, quizá se convierta en uno de los más peligrosos, sobre todo si tenemos en cuenta que suele darse al final, cuando el lector ya ha asistido a toda nuestra historia y espera algo a cambio: una conclusión que merezca la pena. Por ello, debemos poner empeño en alejarnos del dichoso deux ex mahcina y todo lo que se le parezca.

Por desgracia, podemos contemplar numerosos ejemplos de deux ex machinas en centenares de películas en las que su acontecimiento viene impuesto por necesidades propias del guión, no de los personajes o la historia, lo que las lleva a una importante falta de coherencia interna. En el Blog de Ivan Rúmar, podéis leer críticas de algunas de ellas.


¿Conoces más recursos y costumbres propios de malos escritores? ¿Has caído alguna vez en alguno de ellos?

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