Por primera vez en muchos años, no he tenido ganas de recapitular al acabar el año. No he sentido ese impulso, normalmente irrefrenable, de contar los éxitos y las derrotas, de enumerar los sueños que se han truncado así como los que todavía tienen esperanza de cumplirse y ponerlos en una tabla de pros y contras, de likes y dislikes, de lo que sea.

Por primera vez, llego a la conclusión de que recopilar y enfatizar en el poso que han dejado –o no– los doce meses pasados, me resulta casi tan poco interesante como inconveniente cuando lo único que busco es avanzar.

Este 2016 he aprendido mucho y, por suerte, he olvidado también. Me he dado cuenta de cosas tan importantes como que soy mucho más feliz si no rindo cuentas a nadie más que a mí misma. Me he dado cuenta de que «perseguir lo sueños está bonito para ponerlo en una taza, pero cuidado, porque puedes acabar hecho mierda cuando no lo consigas». Me he dado cuenta de que lo que uno quiere, no siempre es lo que le conviene y viceversa. Me he dado cuenta de que llevo demasiado tiempo viviendo bajo una presión autoimpuesta que en nada beneficia a nadie. Me he dado cuenta de que no todo tiene que parecer profundo y trascendental para dejar huella. Me doy cuenta también de que queriendo no recapitular, termino haciéndolo.

En cualquier caso, si de algo estoy segura es de que 2016 no ha sido un año complicado, ha sido un año raro, y así vivirá en mi recuerdo, sin romanticismos ni dramatismos.

Hola, 2017. Vamos a ver si nos llevamos bien.

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