Sí, sigo viva. Quizá, más que nunca.

Escribo esta entrada, no porque me apetezca, sino más bien porque después de innumerables “¿dónde te metes?”, “¿en qué andas que no se te ve el pelo?”, “¿cuánto hace que no twitteas?” y “tienes los blogs muy abandonados, ¿no?”, casi me siento obligada. Y no es que me vea obligada a justificarme, no. Me siento obligada a explicar una serie de razones por las que según algunos he desaparecido del mapa. Por si estas, mis razones, animaran a alguien a hacer algo semejante.

El único motivo real por el que no actualizo mis redes constantemente, por el que he dejado de programar mis días al rededor de los calendarios de ninguno de mis blogs ni mando newsletters mensuales insistiendo en lo interesante que es esto o lo otro es, simple y llanamente, porque no me da la gana.

No me apetece seguir viviendo de esa forma compulsiva y proyectada a la que las redes sociales nos impulsan. No me interesa hacer de mi trabajo mi vida y de mi vida un trabajo. No quiero estar más presente aquí si eso implica estar menos presente allí, en el mundo real, más allá de las pantallas de ordenador y smartphones, donde habitan, aunque cada vez menos, seres reales, de carne y hueso.

Si me apuras, ni siquiera me apetece compartir eso que llamamos “mundo interior”. Por algo es interior y está, en origen, tan bien delimitado y aislado del exterior. Demasiados “interiores” se ven ya desperdigados por la red, como cerebros esparcidos por el asfalto después de haber sufrido un disparo de gran calibre en la nuca, como para seguir apuntando con un luminoso y en negrita mis vísceras. No, quita, quita.

«¿Pa’ qué? ¿Pa’ encontrarme perdío? ¿Pa’ rodar como ruedan al mar las piedritas del río ? Pa’ encontrarme en tu mundo, pa’ eso ya tengo el mío.», cantaba Kurxi Romero allá por 2002. Y qué razón tenía.

No me mal interpretéis tampoco, por favor. No hago apología de la maldad de las redes sociales, internet o la inmediatez, ni mucho menos. A día de hoy, es el mundo de la comunicación online y el Social Media lo que me dan de comer. Ni si quiera puede esto considerarse una crítica a ninguna de estas cosas. Si me encuentro ahora quejándome de algo es, a lo sumo, del rumbo que hemos tomado, como sociedad, a raíz de la potencia social inherente a las redes, las webs 3.0, las apps y todo lo demás.

YouTube, Vine, Facebook, Instagram, Twitter, ya son partes de nuestro día a día, ya no entendemos la vida sin ellos en cuanto al contexto que nos aportan y al contexto en el que nos sitúa. Nos cuesta pasar un día sin compartir un comentario vengativo en el vídeo de ese o esa que nos cae tan mal, una apreciación sobre el frío que hace o una foto de lo gracioso que es nuestro sobrino cuando mira a la nada, mientras hace nada, como el resto de bebés del mundo. En cambio, somos perfectamente capaces de pasar el día, la semana e incluso el mes, sin tener una conversación real con nuestro mejor amigo, nuestros padres o hermanos. Podemos pasar sin salir a pasear, sin jugar con nuestro gato o perro, sin mirar a nuestro al rededor y juzgar si lo que nos cuentan es o no verdad. Total, ¿para qué? Aunque bueno, pensándolo bien, quizá sí podamos aprovechar para sacar al perro y hacer una foto bonita que subir a instagram, ¿no?

En serio, ¿qué demonios nos pasa?

Personalmente, tras estas navidades, llegué a un punto de inflexión en el que me dije; o ellos, sus opiniones y vidas proyectadas en fotos, vídeos y hostias, o mi cordura y yo.

Un día, me di cuenta de que el estrés, la ansiedad y toda la mierda que por las noches no me dejaba dormir, venían de un mismo sitio. La autocensura, los calendarios planificados al milímetro, la obligatoriedad de estar presente vía whatsapp en veinte sitios a la vez y la presión de, simplemente, existir online, me estaban generando un malestar tan agudo y estupido como real. Me estaba ahogando en un vaso de agua porque sí.

Evidentemente, cuando llegué a la conclusión de que lo que no puede ser, que diría mi abuela, no puede ser, me elegí a mí misma antes que a la locura colectiva que es el internet social. A mí y quienes me rodean cada día.

Hace un mes ya, más o menos, que empecé a tomarme la vida con calma y que comencé a dejar de lado toda actividad online que no fuera estrictamente profesional en favor de abrir los ojos a la realidad sensible y palpable.

Y es que, amigos, lo bonito que está el parque, vacío y húmedo, cuando corres a las 7 de la mañana, sintiéndote como si pisaras tierra virgen; lo alucinante que es Madrid sin más filtro que el de las lentillas o las gafas; el mal olor que deja el humo que desprenden los coches cuando atascan Méndez Álvaro; el cosquilleo que te produce recordar ese momento cuando redescubres una canción que hacía tiempo que no escuchabas; lo rica que sabe la comida cuando la preparas, con el estomago rugiendo, después de trabajar; lo estridentes que son las personas o lo maravillosas que son las personas no son cosas que las imágenes, los vídeos o los comentarios que pueblan Internet puedan explicarnos. Estas y muchas otras, son cosas que, con un poco de suerte, nos dirán y celebrarán nuestros sentidos, día a día, si apartamos la vista un segundo de la pantalla.

Tan solo un segundo. Con eso basta.

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