A y B están sentadas en un banco, mirando al tendido desde la seguridad de un par de gafas de sol. A suspira.

A: Mi productividad se ha visto severamente mermada desde que dejé de fumar.

B: Tu productividad lleva mermada desde que naciste.

A: ¿Qué se supone que quieres decir con eso?

Silencio.

B: Venga, mujer, que nos conocemos desde que el mundo es mundo. 

A: ¿Y?

B: Pues no sé, que llevamos demasiado tiempo descubriéndonos las vergüenzas como para que me vengas ahora con esas. Ya sabes.

Silencio.

B: Venga, en serio. “Mi productividad mimimi“, por favor. Qué tendrá que ver la velocidad con el tocino.

A tuerce el gesto.

A: Pues bastante, diría yo.

B: Ah, ¿sí?

A: Oh, sí, desde luego.

B: Ilumíname.

A: A más tocino, menos velocidad. De cajón.

Silencio. A se levanta del banco, rebusca en su bolso y saca un cigarrillo que no duda en encenderse. B la observa con estoicismo.

B: ¿No habías dejado de fumar?

A: Sí. Claro que sí. Pero bueno, ya sabes. Todo es relativo.

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