Hubo un tiempo en el que dormíamos en cualquier coche y desayunábamos vodka. Un tiempo en el que rompíamos con todo cada tres días y en el que nuestros ombligos eran, siempre, el centro del mundo. En aquella época, los días eran cortos e insípidos, las noches húmedas y largas, y de lo único que nos alimentábamos era de humo.

Aquellos días, nada significaba demasiado. Y cuando digo nada, quiero decir nada. Hondeábamos sobre nuestras cabezas los estandartes del más puro nihilismo, y ni siquiera lo sabíamos. Lo que sí empezábamos a sospechar era que, por mucho que nos empeñáramos en ello, no éramos inmortales, y que ni el carpe diem ni el ama et quod vis fac nos salvarían.

Abyssus abyssum invocat era nuestra única realidad. Pero, aunque ya sonaban las alarmas, embotados como estábamos en nuestro humo, recorriendo kilómetros y arropados por los vatios, preferimos ignorarlas. Y lo hicimos con bastante éxito hasta que ,un día, sin previo aviso, todo cambió.

Despertamos en cuerpos extraños. Más viejos, pero no más sabios. Torpes y asustados, porque por primera vez, el espejo nos devolvía la mirada, y como un viejo amigo, comprensivo pero severo, nuestro reflejo preguntaba: "¿Y ahora qué?"

Y ahora nada, pensamos.

El futuro, que creíamos que hace tiempo que se había ido de borrachera, de repente asomaba tras la puerta. El muy cabrón.

El futuro, que en principio no existía, empezó a perseguirnos, a mirarnos mal. Impaciente, implacable. Pero corríamos, corríamos como alma que lleva el diablo delante de él. Queríamos escapar. De todo. Y casi lo conseguimos, hasta que un día, de tanto correr, terminamos de bruces en el suelo y nos dio alcance.

Era imposible negar su existencia. Estaba encima nuestro. Ya no había vuelta atrás. Queríamos seguir a oscuras, con los párpados apretados. Pero el imperativo fue mayor, y la luz, aterradora, se hizo con todo.

Y la realidad, cruel, llena de grises, repleta de verdad, se hizo ante nosotros. Y daba miedo, mucho miedo, pero de algún modo, conseguimos sobreponernos al tembleque y ponernos de nuevo en pie. Y de repente, por algún motivo, como el que encuentra la pareja de un calcetín que hace tiempo engulló la lavadora, nos dimos cuenta de que, oye, aquello que teníamos delante, no era tan horrible. No parecía tan extraño y malo como habíamos imaginado.

Y con los ojos abiertos, comenzamos a andar.

"¿Y ahora qué?"

Bueno, ahora…

Ahora todo.

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