Han pasado ya algo  más de 4 meses, pero cada vez que echo la vista atrás y recuerdo este momento, no puedo evitarlo, ¡se me eriza la piel!

Por eso, hoy, quería compartirlo con vosotros 🙂

El pasado sábado, 8 de abril de 2017, se celebró el Primer Gran Premio RPM; Corre por el barrio en el Parque Forestal de Entrevías y yo estuve allí. Por primera vez, no como espectadora, ¡sino como participante de la carrera de 5K! ¿Pero cómo no iba a participar en la primera carrera que se celebraba en mi barrio?

La cuenta atrás

Lo original de esta carrera es que ni fue en domingo ni hubo que madrugar para correr; las carreras (10K y categorías infantiles) comenzaron a partir de las 17:00h y los corredores de 5K no tuvimos que colocarnos en la línea de salida hasta las 19:30h, cuando la temperatura ya había tenido la deferencia de bajar de 24º a casi 22º.

Cierto es que al ser la primer evento de este tipo en que participo, no tengo con qué comparar ni puedo decir si me parece mejor o peor celebrar una carrera por la tarde o por la mañana; lo que sí puedo afirmar rotundamente es que a mí me vino de lujo. Siendo por la tarde, los nervios de la noche anterior no fueron para tanto y pude dormir y aprovechar la mañana del sábado para levantarme tarde, estar con mi familia y comer bien (pasta con espinacas, sal y aceite, y un plátano de postre) y con toda la tranquilidad del mundo. La ansiedad no llegó hasta casi las 18:00, hora a la que empecé a vestirme para encaminarme al parque y recoger mi dorsal.

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Disfruté muchísimo viendo a los más pequeños en sus carreras de 150m, 400m, 700m, 1250m y 2600m; ver sus caritas de ilusión y esfuerzo me contagió un buen rollo increíble. A las 18:50, cuando el speaker de la carrera anunció que tras la entrega de premios de la carrera de 10K, íbamos nosotros, los de 5, empecé a ponerme de verdad histérica.  Podía ver cómo los demás corredores empezaban a trotar, a estirar, y a apurar sus botellas de agua. Y yo allí, tiesa como un palo, como si de repente hubiera olvidado qué tiene que hacer uno antes de salir a correr. Al final salí de ese estado catatónico y tuve tiempo para estirar, calentar e ir al baño tres veces —sí, se me fue de las manos lo de la hidratación, lo sé—.

Entonces, el speaker dio el aviso de que los participantes de 5K debíamos ir situándonos en la salida, me dio un vuelco el corazón, cogí aire y para allá que fui con el resto de corredores. Para mi sorpresa, nos colocamos todos de forma bastante ordenada, dejándonos espacio unos a otros para terminar de calentar o estirar y en cuanto me di cuenta de que las sonrisas eran el factor común, mis nervios y mis dudas se fueron por donde habían venido: de repente me sentí bien, en familia, justo donde debía estar.

Los 5 kilómetros (y alguno más)

No sé por qué, pero tengo la sospecha de que la salida que viví en la carrera del sábado, va a ser una de las más tranquilas y ordenadas que voy a vivir nunca. Sonó la bocina y empezamos a correr, sin empujones, codazos ni adelantamientos extremos, como había visto en vídeos de otras carreras.

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En los primeros 500m, la gente empezó a acelerar y estuve tentada de seguirles el paso, pero me dije: «Elena, ni se te ocurra, que te mueres al kilómetro 3; ritmo tranquilo, ya tendrás tiempo de meterte caña.» Y así fue, que me quedé la última, por delante del coche escoba, en menos de lo que canta un gallo. Pero nada, yo a lo mío, tranquilita, un pie delante del otro y la cabeza bien alta, porque tenía las pulsaciones controladas y estaba muy segura de estar en mi terreno; no en vano, ¡la carrera se celebraba en el parque que entreno día sí y día también!

Por suerte, mi estrategia no tardó en dar sus frutos: ya en el primer kilómetro y poco hice mis primeros adelantamientos. Yo seguía a un ritmo suave (7’27”), pero algunos de los corredores que habían acelerado tanto en la salida comenzaron a quedarse rezagados y las subidas presentes en los primeros kilómetros empezaron a pasarles factura.

Aunque mi intención era no acelerar hasta el kilómetro 3, no pude evitar adelantarlo al kilómetro 2, en el que ya habíamos superado las cuestas más crueles del circuito. Sabía que tenía por delante un kilómetro y medio en llano y decidí aprovechar para correr un poquito más rápido (6’55”) y seguir adelantando.

Para cuando llegó el tercer kilómetro, me sentía bien, fuerte y en control de mis piernas, pero el calor y el sol que todavía pegaba, empezaron a pasarme factura en forma de una sed terrible. Aún así, apreté el paso hasta los 6’19” de ritmo medio.

Todo iba bien; quedaban apenas 1600m para acabar y estaba haciendo un tiempo, para mí, increíble: ¡23′ de momento! Estaba tan contenta que cuando llegué a una intersección y una de las voluntarias de carrera me indicó que girara a la izquierda (en vez de seguir de frente), ni si quiera me planteé qué, por qué, ni cómo. Simplemente giré y aceleré al entrar en la zona más frondosa —y fresquita— del parque.

Tenía calor. Tenía sed. Tenía la sospecha de que ese recorrido no era el que yo había memorizado. Tenía la boca y la garganta tan secas que dolían; me costaba salivar, me costaba tragar y empezaba a costarme respirar. Os juro que nunca jamás me he sentido tan confusa como me sentí durante el siguiente kilómetro; no entendía cómo el recorrido, que había sido diseñado para principiantes, parecía haberse convertido en un trail para corredores avanzados (la altimetría y el perfil de este parque son una locura, en serio). Con lo bien que había empezado, ¿cómo iba a acabar? En el kilómetro 4,50 empecé a encontrarme tan mal que sentía escalofríos y una fuerte tentación de dejar de correr. Pero no, no podía hacerlo. Era mi primera carrera y tenía que terminarla, tardara lo que tardara, costara lo que costara. Solo tenía la meta en mente y el sprint que iba a realizar en los últimos metros. Eso sí, necesitaba llegar ya, necesitaba cruzar la meta, beber, tirarme al suelo y respirar. Pero a cada paso que daba, me sentía más lejos de la meta. ¡Y es que realmente nos estábamos alejando! ¿Por qué? ¿Cómo era posible? ¡Si no quedaba nada para llegar! No entendía nada.

Ya empezaba a desesperarme cuando, a lo lejos, en mitad del bosque, veo a un grupo de corredores y a alguien de la organización que aplauden y animan como locos. Se ríen. Yo les miro, sin ninguna intención de parar porque sé que, si paro, ya no sigo. Paso por su lado y uno de ellos me sujeta por los hombros «Ya está, campeona! ¡Ya está! ¡Has terminado!», me dice. «¿Qué?», me pregunto yo. «Nos hemos perdido», dice otro. «¿QUÉ?», sigo preguntándome. Llegan más corredores y también les frenan. «Os han dirigido mal y habéis terminado haciendo la mitad del circuito de 10Km», dice el chico de la organización. Miro a mis compañeros de carrera. Ellos me miran a mí. Nos reímos. Paramos los cronos y seguimos riendo.

Decidimos agruparnos y llegar hasta la meta campo a través. Decidimos entrar en la meta todos juntos, con las cabeza en alto y haciendo un sprint a 200m del arco.

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Fotografía de César Álvarez Malvar

Y así, juntos, entre nuestras risas y las bromas, vítores y aplausos de los asistentes al evento, cruzamos la meta.

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